Así será la vida después del TLCAN para México

La crisis con Estados Unidos deja claro cuán dependiente ha sido México del petróleo y del TLCAN, y todo lo que dejó de hacer en el camino. Es necesario que los mexicanos empecemos a analizar, discutir y reflexionar sobre un escenario que hasta hace poco parecía impensable: el del fin del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Al parecer, la visión de Donald Trump sobre el comercio en general, y sobre el TLCAN en particular, conducirán a su término.

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Antes, Pemex vendía petróleo y compraba derivados a través de oficinas de representación en países de Europa y ciudades de Estados Unidos que, a la vez le servían para monitorear el mercado de energéticos. Pero hace 10 años, Pemex concentró esas actividades en una nueva subsidiaria, Pemex Comercio Internacional (PMI), con operación en más de 20 países, según su página web.

PMI elabora contratos específicos con cada cliente para los tipos de crudo que produce el país (Maya, Istmo, Olmeca y Altamira) y para su entrega, ya sea en altamar de barco a barco o en puerto. Tiene, asimismo, que asegurarse que los compradores tienen solvencia financiera y no son revendedores, y hacer alianzas con otras petroleras, como la refinería de Pemex y Shell en Texas.

PMI es un caso casi único en México, por desgracia: hay necesidad de abrir nuevos mercados para los productos mexicanos, distintos al TLCAN. En los 23 años de tratado, la base industrial del país se amoldó a las necesidades del mercado estadounidense, y no hizo nada más.

La aspiración máxima de las empresas mexicanas fue ser eslabón de una multinacional con acceso a Estados Unidos; y muchas lo lograron, pero se pasó por alto que los insumos importados son mayoritarios en las exportaciones mexicanas. En los autos, por ejemplo, 56% de los componentes son importados y, en aparatos electrónicos y electrodomésticos, el índice es aun mayor, señala Julio Millán, presidente de Consultores Internacionales.

 

“Con el TLCAN se apostó todo a la manufactura, sin crear cadenas de suministro sólidas y teniendo que importar casi todo [y] eso ha generado un desbalance: el superávit que tenemos con Estados Unidos está interrelacionado con [un déficit con] China”, agrega el consultor. “Descuidamos el mercado interno, y ahora vemos las consecuencias”, indica Carlos Heredia, investigador del CIDE.

De tener una base industrial cerrada en los años 80, México pasó a una base industrial rígida, que sólo responde al TLCAN, y lo que ahora necesita es una base flexible. Eso se logra con apoyos fiscales a ciertas importaciones, apoyo financiero a cadenas completas (en el caso de textil, por ejemplo, desde la petroquímica hasta el producto terminado) y reactivando instituciones para dar tales apoyos, señala Millán. Entre esas instituciones está el desaparecido Instituto Mexicano de Comercio Exterior (IMCE) y un Bancomext más fuerte.

México necesita algo más complejo que PMI, que sólo vende petróleo. Ahora que Estados Unidos ha golpeado de muerte el TLCAN, necesita integrar cadenas productivas y que por rama industrial se creen concentradoras de producción y comercializadoras que consigan clientes en los mercados internacionales, dice Millán.

Hacer esto requiere de tiempo, madurar un proyecto de inversión se lleva de tres a cuatro años, pero no hay opción. “Así lo hizo Japón y Corea y lo están haciendo China y Singapur” agrega Millán. “Éste es el esfuerzo que debimos haber hecho los mexicanos y que señalamos era urgente para diversificarnos: organizarnos para vender”.

El gobierno también tiene una tarea urgente: demostrar que puede aplicar reglas iguales para todos. “Si deja de existir el TLCAN, una parte importante de inversionistas lo va a extrañar, no sólo por el aspecto comercial, sino por la disciplina que impone en el cumplimiento de contratos en México”, señala Heredia.

Si alguien quiere invertir en energía, ejemplifica, elige hacerlo bajo las reglas del tratado, porque son reclamables y sancionables, mientras que a las áreas de la economía mexicana que no están bajo esas reglas las ven como zonas caóticas. “Vamos a tener que construir un Estado de derecho que tenga disciplina y sanciones, incentivos, estímulos, castigos y eso se dice más fácilmente de lo que se hace porque, en general, […] en México, la ley se cumple o se incumple según el nivel de poder y de dinero que tengas”, añade Heredia.

La geografía

Pero no todos creen que México deba olvidarse del TLCAN. Abrir nuevos mercados se lleva tiempo y ninguno tiene a la vez la cercanía y el volumen de compra de Estados Unidos, por lo que la diversificación de México es un camino sinuoso.

La integración de mercados no va a modificarse porque una persona, así sea Donald Trump, traiga una agenda proteccionista, dice Sergio Negrete, economista de la Universidad de Essex, Inglaterra, y profesor del ITESO. Además, México no tiene más opción que orientarse a Norteamérica, pues, aunque la diversificación suena bien, no es nada fácil. “Es muy tardado y no cuesta lo mismo que llevar mercancía a Laredo [que a Europa o Asia]”, afirma.

Pero aferrarse al TLCAN tiene más riesgos que nunca. Sin el tratado, lo que queda para regular el comercio entre México y Estados Unidos es la Organización Mundial de Comercio (OMC), lo que significa poner fin al arancel cero y sustituirlo por aranceles por producto: más altos para los productos de Estados Unidos que para los de México, por el estatus del país de Nación Más Favorecida.

Pero Trump ya dio muestra, con el bloqueo en la frontera de un cargamento de aguacate mexicano, que con todo y la OMC el comercio entre los dos países se verá perturbado. “El problema que veo con la OMC, el TLCAN o con lo que sea, es la discrecionalidad”, señala Negrete. “Puedes ponerte a litigar, reclamar, montar una demanda, un panel arbitraje y lo puedes ganar, pero después de años de pelea”.

Además, Estados Unidos no es ya un socio confiable. “Su reputación comercial es que no es de fiar”, acepta Negrete.

El tema rebasa al TLCAN. La renuncia de Estados Unidos al TTP, el Brexit y la agenda de Trump indican que el libre comercio como se conoce hasta hoy llegó a su fin, dice Heredia. Se cierra un ciclo en el que las grandes corporaciones diseñan los tratados comerciales como una carta de derechos en su beneficio y con directrices para gobiernos y trabajadores, añade.

México debería tomar nota al respecto, opina, pues aquí los trabajadores han sido los grandes ausentes de los múltiples tratados firmados, agrega el investigador. La economía no puede estar al servicio de un puñado de compañías, sino servir al interés público.

“Es un buen momento para revisar qué funciona y qué no en la economía mexicana”, dice Heredia. Ahora que México ya no vivirá del crudo ni del TLCAN, tiene que aprender a vender.

La vida sin TLCAN

La visión de Donald Trump sobre el comercio es una de suma cero, en donde lo que uno gana el otro necesariamente lo pierde. Se trata de una visión totalmente contrapuesta al enfoque moderno que entiende al comercio como una actividad en donde las dos partes podrían beneficiarse mutuamente. 

Dada la visión de Trump, la única métrica de éxito que él seguramente aceptaría es una en la que el déficit comercial de su país con México logre disminuir. Esto último, sin embargo, solo puede ocurrir a través de dos vías: o aumentan las exportaciones de EU a México o disminuyen las importaciones de EU provenientes de México.

Esto a su vez sólo puede suceder por dos vías generales. La primera sería a través de un cambio en los precios relativos entre los dos países, es decir, si se encarecieran los productos mexicanos o se abarataran los productos norteamericanos.

El problema es que ello supone una apreciación del peso frente al dólar, mientras que lo que ha ocurrido desde la elección presidencial norteamericana es exactamente lo contrario, por lo que esta vía debe descartarse.

La segunda forma de lograr el objetivo de Trump sería a través de la imposición de aranceles a las importaciones de origen mexicano o con subsidios a las exportaciones de Estados Unidos a México. Se trataría de actos que violarían las condiciones comerciales vigentes en el TLCAN y que resultarían inaceptables en el contexto de una posterior negociación comercial.

Es por ello que el tener como objetivo la reducción del déficit comercial de Estados Unidos parece conducir de manera inevitable al fin del TLCAN. 
¿Cuáles serían los costos de que se terminara el TLCAN? Últimamente han aparecido algunas voces sugiriendo que los costos serían relativamente pequeños. Hay dos tipos de argumentos en este sentido: por un lado, hay quienes señalan que en realidad pasaríamos a comerciar con Estados Unidos en el contexto de la Organización Mundial de Comercio y que en ese caso los aranceles promedio serían relativamente bajos (menos de 3%).

Otros sugieren que, dado que los beneficios del TLCAN han sido relativamente escasos, entonces los costos del ajuste también podrían ser bajos. Considero que esta conclusión es errónea. En el corto plazo los costos podrían ser considerables, especialmente en ciertos sectores económicos y en ciertas regiones del país que hasta ahora se han beneficiado ampliamente del acceso comercial a Norteamérica. 
En cualquier caso, es necesario prepararnos para enfrentar esta posible situación en los meses por venir.

Para ello, lo que debemos hacer es reflexionar sobre todo lo que dejamos de hacer en el pasado: fortalecer el mercado interno, invertir en infraestructura, diversificar mercados (para lo cual es necesario invertir en puertos, aeropuertos, carreteras, temas de logística, etc.), invertir en la población, etc.

En cualquier caso, incluso si el TLCAN llegara a permanecer, esta reflexión no estaría de más. Es precisamente el tipo de discusión que omitimos tener durante más de dos décadas. No desperdiciemos esta oportunidad.