TLCAN embarnecido

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Es previsible que corran ríos de tinta para conmemorar el acuerdo, así como sobredosis de seminarios, mesas redondas, cuadradas, libros inevitables y artículos como éste.

Es infrecuente encontrar reflexiones mesuradas respecto al TLCAN, desde su negociación y hasta la fecha ha sido un tema que despierta pasiones. La integración comercial con el norte ha sido señalada como responsable de algunas de las aflicciones que aquejan al País, así como se le atribuyen algunas de las virtudes reales e imaginarias de nuestra economía.

Así, es posible encontrar evaluaciones en las que el TLCAN ha sido el “chupacabras comercial”, así como en las que, gracias al tratado, el País mutó de una realidad en blanco y negro a una en technicolor.

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Los malquerientes del TLCAN aducen que fue un tratado sobrevendido, bastante limitado y que debió buscarse una integración a la europea, con movilidad laboral plena y con fondos de ayuda, pero al mismo tiempo minimizan la cesión de una serie de políticas públicas “soberanas” que esto hubiera implicado, además de que la alternativa era un plato ausente en la mesa trinacional.

Asimismo, las críticas al TLCAN apuntan a que no hubo acciones de apoyo para fortalecer eslabones de la cadena productiva, perdiéndose segmentos relevantes de la misma ante la avalancha de importaciones. Se contraargumenta que la apertura en el tratado consideró plazos hasta de 15e años, mismos que no fueron aprovechados para decisiones oportunas de negocios.

Algunos atribuyen al TLCAN la pobreza en el campo y la desigualdad norte-sur en el País. Todo indica que la pobreza en el campo precede con mucho al tratado y su raíz es multifactorial, la desigualdad norte-sur es también previa al tratado y su acentuación proviene de la disparidad regional en capital humano, físico e infraestructura que ha implicado un aprovechamiento asimétrico del comercio. Cerrar la disparidad es un asunto interno complejo y de largo plazo.

Por su parte, los “groopies ” del TLCAN ven a éste como un antes y un después, argumentan que metió a México en las grandes ligas del comercio mundial y fue el ancla de modernización del País que dio pie a la creación y/o fortalecimiento de instituciones claves.

Las estadísticas indican que a partir del tratado, el comercio trilateral creció por arriba del crecimiento comercial mundial, y en particular el comercio bilateral de México con sus socios creció por encima de ambas cifras.

No sobra decir que la devaluación derivada de “la quitada de los alfileres” en 1994 les dio un impulso no menor a nuestras exportaciones en el contexto de una economía americana en vigorosa expansión. Como contraparte, la debacle de la economía americana de 2009 y el desplome de nuestras exportaciones dieron cuenta del grado de la integración interindustrial que prevalece en la región.

Por su parte, el promedio anual de inversión extranjera que llega al País creció 2.5 veces con respecto a los años pre-TLCAN y los salarios asociados a exportaciones son más de 30 por ciento superiores al del resto de los pagados en la economía.

Cabe destacar que en paralelo a los primeros años de vigencia del TLCAN se presentaba la irrupción de China a los mercados mundiales y se acentuaba la migración de proveeduría a Asia.

En medio de esta dinámica, México era poco amigable a lo comercialmente multilateral, concentraba su esfuerzo exportador al norte y se embarcaba en una agenda comercial de acuerdos en Latinoamérica, Israel, la Unión Europea y posteriormente con Japón.

En el ínter para lidiar con que mucha proveeduría relevante venía ya de Asia, se tuvieron que establecer programas ad hoc para capitalizarla.

En virtud de la negociación en curso del TPP y pensando en la visión alternativa que pudo haber sido, la reflexión relevante no es si debió negociarse otra versión del TLCAN, sino más bien si el frenesí negociador posterior a su firma debió concentrarse en Asia.