Negocios, pero sobre todo cooperación

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Palabras todas éstas con un nuevo sentido cuya pronunciación define y dibuja el encuentro del presidente de México, Enrique Peña Nieto con el rey Salman Bin Adbulaziz Al Saud, rey de Arabia Saudita, “custodio de las dos Santas Mezquitas” y hombre de poderes infinitos, al menos en las tierras cuyo suelo recibe el pálido baño de la luz mortecina de la media luna, suspendida allá arriba en un cielo sin estrellas la madrugada del primer día del viaje presidencial por la Península Arábiga.

Otras cosas y otras palabras con otra entonación se decían aquí hace 40 años, cuando otro mexicano, el presidente Luis Echeverría, se alteraba hasta la exageración en el terreno del sueño jamás visto, por cierto, de la cruzada del Tercer Mundo cuya cimitarra de fuerza era la energía politizada, con un sentido de revancha histórica, de desquite por tantos siglos de venas abiertas.

Era cuando la Organización  de Países Productores de Petróleo y el grupo de los “No Alineados” soñaron con el uso político definitivo del crudo para doblegar al imperio y a todos los imperios de los transformadores de las materias primas y sólo vieron el empuje de un boicot –hace ya tanto tiempo como para no advertir su escasa utilidad– como para haber impedido o demorado siquiera, la llegada de los globalizados días de hoy.

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Hoy México, metido de lleno en este nuevo orden mundial, en este diseño irreversible, se asoma a esta parte del mundo, aquí donde surgió al mundo una civilización cuya sabiduría mayor en la antigüedad se expresaba en la palabra, al menos si acudimos a un antiquísimo proverbio egipcio según el cual  los supremos talentos, es decir, la sabiduría humana absoluta, se posaba sobre tres pilares: “el cerebro de los francos, las manos de los chinos y la lengua de los árabes”. Y ya no hablemos del Islam, pues eso queda para otros momentos.

“Junto al tiro con arco y la equitación, la elocuencia completaba la terna de atributos básicos del hombre perfecto en la Arabia de los beduinos”.
Pero de eso ha pasado ya demasiado tiempo.

Hoy la elocuencia de árabes, beduinos o mexicanos, se expresa de otra forma, hoy se habla de negocios en el Consejo de Cámaras Saudíes o de grandes asuntos petroleros y gasíferos en el Foro Internacional de Energía, actividades centrales de esta primera y extenuante jornada de la gira presidencial cuya noche culminará en los Emiratos Árabes Unidos.

Negocios, exportaciones, copropiedad, asuntos en los cuales hay una palabra dominante: cooperación.

Quizá sean dos, estabilidad; o tres, equilibrio, o muchas más porque ahora es el juego de la nueva circunstancia aun cuando lo esencial no haya variado en muchos años. Arabia es el gozne de la historia entre Asia y Europa, con todo lo extendido de este concepto, y si alguna vez se creyó en la historia antigua, la modernidad no hace sino repetir las combinaciones con nuevos elementos, como dice el secretario general del Foro Internacional de Energía, Aldo Flores Quiroga.

Pero mientras todo eso sucede los hombres de la economía se expresan de manera cierta y sin dudas: los objetivos comunes (como dice Abdulrahaman Bin Abdulah Al Zamil, presidente del Consejo de Cámaras Saudíes, en una reunión a la cual acuden los empresarios mexicanos, entre ellos Rodrigo Alpizar Vallejo, presidente de Canacintra, y Héctor Álvarez de la Cadena, presidente de la Sección de África y Medio Oriente, del Consejo Mexicano de Negocios, Comercio Exterior, Inversiones y Tecnología, las objetivos son realistas y posibles.

Y así, mientras los empresarios y los responsables de la política de energía en el mundo del petróleo fabuloso –tan extravagante y alguna vez feliz como para construir las ciudades donde deliran los rascacielos y hurgan en el ombligo de las nubes– definen el futuro del mundo, las antañonas costumbres prevalecen, ancladas en la tradición (a veces la costumbre es un lastre, dice Stefan Zweig) y le endilgan una indumentaria oscura a las mujeres cuyo dominante y machista significado incomoda a las mujeres occidentales, tanto como a las periodistas mexicanas de esta comitiva, quienes se resignan a su perfil de “sombras enlutadas”, como podría haber dicho Ramón López Velarde, enfundadas en la “abaya”, ese negro faldón al cual se le añade el velo enrollado sobre la cabeza, el cual, sin llegar a los extremos de enmascaramiento completo de la “burka” o la “nigab”, cubre la cabellera cuyos esplendores de ébano podrían sugerir lúbricos pensamientos frente a los cuales mejor poner la barrera de tela.

Pero la verdad de todo este asunto es una y más simple.
México necesita, lo ha dicho el presidente Enrique Peña, abrirse al mundo por entero y debido a esa urgencia contemporánea se promueve la imagen actual: estabilidad macro económica, política monetaria firme, continuidad democrática, libertad política, seguridad financiera, elementos todos estos indispensables y atractivos para empujar una economía exportadora cada vez más poderosa, como dicen Pedro Joaquín Coldwell, secretario de Energía; Ildefonso Guajardo, secretario de Economía, secundados ellos por Ali Al-Naimi, ministro del Petróleo y Recursos Minerales de Arabia Saudita.