Recordemos que de los 132,000 millones de pesos que ajustó la autoridad hacendaria, el 40 % va directamente a proyectos de infraestructura, lo que reducirá significativamente la actividad en la industria de la construcción y, con ello, el dinamismo del mercado interno en su conjunto.
En este espacio le comentaba que las decisiones gubernamentales habían sido correctas en el contexto en que se tomaron, pero no por ello dejan de ser altamente dañinas para las empresas.
El gasto público es el principal detonante de las actividades productivas, es el agente que mayor demanda genera con sus requerimientos. Y esto se propicia a través de la industria de la construcción, con todos los efectos indirectos que de ella emanan hacia los demás sectores de nuestra economía. Así que el decremento en los proyectos de infraestructura también será un detonante, pero para la pérdida de valor en las empresas.
Pero no se trata del único daño que esto ocasiona, sino que también hay un costo de oportunidad importante para la competitividad del país, pues al cancelar esos proyectos de infraestructura, se están dejando de hacer cosas sumamente vitales para la atracción de inversiones al país. Valga el ejemplo de que en infraestructura de caminos, vías férreas y puertos, México ocupa el lugar 65 a nivel mundial. Es una posición muy discordante con el tamaño y el potencial de nuestra economía, nos refleja un atraso relevante.
Esa inversión que ya no llegará, es otro impulso, otra demanda que las empresas del país ya no tendrán. Sucede que así son los costos de oportunidad, se encadenan y se multiplican.
Al agregar el otro ajuste de política pública, el que realizó Banxico subiendo las tasas de interés de referencia, se torna aún más adverso el panorama para los negocios, pues vuelve más oneroso el acceso a las fuentes de financiamiento, y con ello el ánimo para valorar nuevos proyectos de inversión. Sobra decir que esta seguidilla de consecuencias incide en el empleo y por tanto en el consumo de las familias, que nos destina a permanecer en los ínfimos niveles de desarrollo económico que hoy conocemos. No será entonces un buen año en lo económico, en general para nadie.
Este contexto conduce a que las empresas revaloren su plan de negocios, pero no solo en lo que a perspectivas de expansión y rentabilidad concierne, sino a la forma en que buscarán maximizar su valor y el capital. Me refiero a que el entorno tan complicado en lo global y en lo nacional -junto con esa inestabilidad que ya se volvió constante- las lleva no solo ahora, sino históricamente cuando persisten los contextos adversos, a una evolución en la forma y en el enfoque de hacer negocios.
En un estudio reciente que publicó la firma KPMG, los líderes de las más importantes compañías globales, dan a conocer que se encuentran ante un ambiente tecnológicamente disruptivo, en donde el comportamiento del consumidor es cada vez menos predecible y en donde el talento, la tecnología y las ideas, son la clave para encajar con éxito en los mercados de hoy. Se trata de planteamientos interesantes, de un cambio de paradigma en donde las empresas ya no tienen el control absoluto de los mercados, sino que tienen que perseguirlos y alcanzarlos. Es pura evolución.
Toda proporción guardada por el tamaño de las grandes firmas, su escribidor considera que el mismo análisis se adecúa a las empresas mexicanas, sobre todo ante el panorama económico tan opuesto referido. Las crisis también son oportunidades y, aunque ello suene a lugar común, parece que no le queda de otra a los empresarios más que comenzar a innovar, a reinventar sus mercados para combatir la minusvalía en el gasto público y el rezago en competitividad. Ya veremos de aquí a 2018 si se animaron y si les resultó.
